Prólogos – historias contadas

retratos palaciegos 1

Sea realidad o leyenda, se cuenta que algunas tribus primitivas, descubiertas por el salvajismo desarrollista del hombre blanco, rechazaban ser
fotografiadas, temerosas de que la impresión de su imagen les robara
el alma, sea eso lo que sea. Justo lo contrario pretende Salva Barroso
con su proyecto «Retratos. Personajes Palaciegos Singulares», ahora
convertido en un primer libro que ojalá tenga prolongación en futuras
y novedosas ediciones.
Barroso, hostelero y fotógrafo con pasión de amateur y tozudez
profesional, decidió un buen día de 2017 ampliar la experiencia que
desarrollaba, entre otros platós, en la Peña Flamenca El Pozo de las
Penas: de captar a artistas del cante, el toque o el baile, cada cual con
su desgarro, pasó a colocar su cámara, de forma individual o colectiva,
ante los vecinos de su pueblo, Los Palacios y Villafranca (Sevilla).
Un estudio más o menos improvisado en el bajo de su vivienda ha
servido de escenario para centenares de personas de toda formación,
clase y condición. Pero nada ha quedado al azar y la improvisación.
El autor ha elaborado su idea a compás y ha regado con el germen
de la amistad el trato con sus invitados. Así, los ha citado para conocerlos más a fondo y explicarles el proyecto, ha compartido con ellos experiencias, risas y buen ánimo. Y una vez que la confianza allanaba «La mayor vocación de la fotografía es explicar el hombre al hombre».
Susan Sontag, Sobre la fotografía ¿Dónde está la fotografía?

Prólogo
El alma de un pueblo

El camino del encuentro, comprobada la proximidad, engarzado el compromiso mutuo a través de los sentidos, solo entonces, Barroso colocaba la cámara, avanzado artefacto tecnológico, a modo del tallista su primer golpe de gubia.
Abría el cuarteto de fotos un retrato de la persona o grupo. La segunda aportaba alguna prenda o utensilio alusivo a la tradición familiar o el oficio por el que es conocido en el pueblo. La tercera imagen aña día otro elemento significativo, desconocido este, de su personalidad o afición. Cerraba una cuarta, en la que el protagonista incorporaba a la escena a amigos o familiares.
Estas fotografías nos muestran a gentes de todas las edades, de muy
diversos oficios y ocupaciones, con las que Barroso nos revela un variado
corolario del territorio y la sociedad que compartimos. Alrededor de una
silla, alegoría de la espera y de la tertulia y del tiempo reposado, cada
cual se acompaña de lo que le identifica: las herramientas del trabajo, el
fruto de las manos, la creatividad de las ideas, la construcción precisa de
lo real o imaginario. Como si apiláramos lo imprescindible para reconocernos y levantar un espacio comunal en el que hemos de encontrarnos.
Quedan así compuestos los treinta y dos daguerrotipos, con sesenta personajes, que reproduce este primer volumen de palaciegos singulares, en una secuencia que arraiga en la profunda y solidaria intención de crear comunidad, de hacernos sentir partícipes de un entramado de relaciones y afectos que nos entrelazan en ilusiones e iniciativas comunes. Entonces, lo excepcional de estos paisanos radica en el fermento del apego a estas tierras de campiña y marisma, en sus labores particulares o públicas en favor de los conciudadanos, en el compromiso, la proximidad y el amor a unas calles y unos campos que nos legaron nuestros mayores y que debemos preservar para nuestros hijos con el mismo cariño de quien siembra lo suyo para que sea de
todos. Una vez más hemos de mirar a nuestro escudo y su simbología:
dos hombres que se abrazan junto al lema de La Unión.